4. Volar del nido

En 2014, tras terminar la carrera de Derecho y su correspondiente máster (en mi caso, en Propiedad Industrial, Intelectual y Tecnologías de la Información) me dispuse a salir al mercado laboral. Terminé el máster en Junio y encontré trabajo de prácticas en Agosto. Fueron sólo 3 meses de búsqueda y lo recuerdo como un periodo agobiante en el que pensaba que no me iba a contratar NADIE JAMÁS.

Qué puedo decir, yo siempre he sido un poquito exagerada. Pero oye, creo que en este caso mi angustia ante la posibilidad de quedarme en paro me sirvió, porque en lugar de pasarme el verano tocándome la breva, me lo pasé enviando currículums. Dedicaba varias horas al día a ello, con lo cual, para el mes de Agosto ya había mandado cientos de currículums.

Mi carta de presentación, ahora que la recuerdo, daba bastante pena, pero creo que acerté al hacer una y adjuntarla a cada CV, y es algo que nunca he dejado de hacer el resto de ocasiones en las que he buscado trabajo.

No buscaba específicamente irme de España, sino un trabajo, fuera donde fuese. Por eso, aunque mi radio de actuación empezó siendo España, con el paso de las semanas lo fui ampliando. Llegué a mandar currículums hasta a Finlandia. Y si me hubiesen llamado, habría ido.

Pero me llamaron de Alemania, concretamente de Saarbrücken. De hecho, me llamaron a la vez de un despacho de abogados de Madrid y de una empresa de Alemania. En Madrid me ofrecían 400€ por trabajar 8 horas al día. En Alemania, 800€ por 4 horas al día. Así que después de meditar esas dos ofertas con ese opuesto juego de números, decidí aceptar la oferta que me permitiera crecer más en lo económico, en lo profesional y en lo personal.

Me fui de España dejando atrás a unos padres que no me podían haber dado una mejor vida ni hacerme sentir más cómoda en casa, a un grupo de amigas irremplazable y a un novio dulce y honesto que siempre me apoyó.


Desventuras aeroportuarias 

Me planté en Alemania a finales de Septiembre de 2014, y aterricé con el pie izquierdo. Era tan cateta que confundí el aeropuerto de Frankfurt Am Main con el de Frankfurt Hahn, así que cuando compré un billete para Frankfurt Hahn pensé que lo estaba comprando para Frankfurt Am Main. Sí, como lo lees.

Me di cuenta durante el vuelo, donde un chico español me dijo que en el aeropuerto no había ninguna estación de tren, porque era pequeñísimo. Y efectivamente, así era.

Como pude, intenté pedir información en el único mostrador que encontré en el aeropuerto. Una alemana más rancia que una cerveza abierta de dos días, me confirmó que no había manera de coger mi tren desde ese aeropuerto, sino que tendría que coger un bus y hacer un trayecto de varias horas hacia la estación de tren de Frankfurt.

Para cuando volví a ese aeropuerto unos meses después, ya habían cambiado la estación de buses, pero cuando llegué yo, la estación de buses quedaba al final de una cuesta abajo, que tuve que subir y bajar varias veces con mis dos maletorras a cuestas, porque no entendí la información que me había dado la señora rancia y tuve que volver al aeropuerto.

En aquel momento tenía 25 años, era bastante adulta como para no entrar en pánico, pero supongo que no lo suficiente como para no ponerme histérica al teléfono con mi pobre madre, a la que puse más histérica todavía y dejé llorando al otro lado de línea, y para más inri, su hermana fue tan insensible como para decirle “bah, eso no es náh, son todo experiencias, no sé de qué te preocupas, seguro que se apaña”.

Lo más divertido es que ninguno de sus dos hijos ha salido nunca de España para ganarse el pan. Lo cual no tiene nada de malo, pero, cuanto menos, invalida absolutamente aquel comentario que mi tía le hizo a mi madre en ese momento de desesperación, porque ella jamás ha tenido que vivir nada parecido.

Mientras arrastraba mis dos maletas, una de las cuales pesaba casi tanto como yo, y pedía ayuda para que me la subieran por unas escaleras, aprendí una lección: nunca más viajaría con equipaje que no pudiera transportar por mí misma. Afiancé esa lección cuando, una vez llegué a la estación de tren de Frankfurt y conseguí mi billete para Saarbrücken, olvidé que tenía detrás de mí mis dos monolitos, y me estrellé contra ellas de espaldas, dándome una soberana hostia, amenizándole la tarde a los viajeros de mi alrededor, los cuales, por cierto, ni me ayudaron ni preguntaron si estaba bien.

No perdí la oportunidad de inmortalizar el momento

Cuando por fin llegué a Saarbrücken, 7 horas después de lo previsto, cogí el tram para llegar a mi hotel, y por supuesto, lo cogí en dirección contraria, alejándome todavía más. Un amable borracho se dio cuenta de lo perdida que estaba, y me indicó la dirección correcta del tram y la parada. Y ya, como no quería arriesgarme, al bajarme de la parada fui directamente a un chico y le pregunté si me podía acompañar hasta la puerta de mi hotel, que estaba a unos pocos minutos.

Por fin llegué al hotel e hice balance del día. Había sobrevivido. Acabé el día aliviada, sin saber que al día siguiente empezaría otra odisea.


Un ángel en Alemania

El hotel lo había reservado para 3 días, porque, ilusa de mí, pensaba que en 2 días encontraría piso. Mi madre tuvo la idea de decirme que fuera casa por casa entre las que se alquilaban, para presentarme en persona y causar una buena impresión. Realmente esa no fue la manera en la que acabé encontrando casa, pero sí fue la manera de conocer a un ángel llamado Teresa, que a día de hoy sigue siendo una de mis mejores amigas.

Teresa había puesto su casa en alquiler, así que fui a visitarla, pero para cuando llegué, ya había encontrado a un inquilino. Pero me invitó a pasar, a contarle mi situación, y 15 minutos después de conocernos, me dijo:

  • si no has encontrado piso para mañana, dímelo, y te puedes quedar aquí 2 semanas, hasta que llegue el nuevo inquilino.

Y es que a veces la vida puede ser maravillosa gracias a personas como ella. Obviamente, no encontré piso al día siguiente, así que me mudé al sofá de su casa. Encontré piso compartido una semana después, gracias a su ayuda.

El piso era una pocilga en sí mismo, el edificio, tan repugnante que yo ni tocaba el pomo de la entrada, sino que lo rodeaba con un pañuelo, y mi habitación, un ático que tenía pinta de haber sido el escondite de algún judío en tiempos oscuros. Pero oye, aquello era temporal y mis dos compañeros, bastante majos. Así que respiré hondo (pero no muy hondo, para no oler los efluvios que venían de los locales de abajo), y firmé un contrato de alquiler por 320€ al mes con Mister Fink.

Y poco a poco, las cosas empezaron a ir mejor. En el trabajo, la verdad que era una auténtica pipiola, no sabía ni contestar (respetuosamente) al teléfono en inglés. Así que no me extrañó que cuando aquella empresa tuvo ocasión de prolongarme el contrato…no lo hizo.

Mi ático de los horrores

El adiós a Alemania

Pasé un año fantástico, de los mejores de mi vida. Aquello fue como un segundo erasmus. Hice amigas y me apunté a un equipo de fútbol femenino. Terminaba de trabajar a la 1 de la tarde, y ganaba 800€ al mes, así que aunque tampoco me daba para ahorrar, tenía la mayoría de mi día libre para hacer lo que me diera la gana. Y eso hice. Me lo pasé tan bien que cuando se acabó mi contrato y tuve que recoger los bártulos para irme con la música a otra parte, sentí una tristeza que, a día de hoy, cuando lo recuerdo, me emociono.

Con los años he entendido que cuando tu pasado te emociona, significa que fuiste feliz entonces, aunque lo hayas olvidado. Así que cuando me siento así, vuelvo al presente, y me centro en ser feliz ahora, para que en el futuro pueda volver a repetir ese patrón, una y otra vez. Y así intento vivir: manteniendo un equilibrio entre la melancolía de recordar el pasado, la adrenalina de vivir el presente y la ilusión de afrontar el futuro.

Una cosa curiosa que recuerdo de aquellas prácticas es que me sentía completamente como un pez fuera del agua. La gente hablaba a mi alrededor de lo que se suponía que hacíamos en la empresa, de cuál era mi trabajo, pero yo no entendía absolutamente nada. Ni mis tareas, ni mis objetivos, y muchas veces, ni el idioma en el que me hablaban. Y se suponía que yo ahí tenía un buen nivel de inglés…

Por eso, si tuviera que darle un consejo a la Rocío de entonces, sería: intenta prestar atención a lo que te dicen, escuchar mucho y hablar poco, pero haz todas las preguntas que te surjan. No te quedes con la duda de nada, y no te dejes ofender con facilidad si alguien que debería explicarte las cosas con paciencia, carece de ella y te hace sentir inútil. No eres inútil. Simplemente llevas a penas meses en un entorno, el laboral, en el que pasarás décadas de tu vida. Así que no te agobies e intenta aprender algo nuevo cada día. Aunque sea algo pequeño, pero cada día cuenta.

Y luego está el otro entorno, que también tuve que construir desde cero: el social. Siempre he apreciado mucho a mis amigos. Pero irte de tu país y hacer amigos fuera de casa te hace valorar a esos amigos a otro nivel, porque con ellos creas un vínculo diferente al de tus amigos de España. La gente que conoces fuera de tu país y con la que conectas se convierten en tu punto de contacto diario, a quien les pides ayuda, a quienes ayudas cuando te lo piden, con quien vives aventuras y compartes risas, lágrimas y abrazos.

Por eso es tan importante esforzarse por seleccionar y mantener buenas amistades cuando sales de tu entorno. Porque tu felicidad en ese sitio donde no tienes raíces dependerá mayormente de las amistades que decidas cultivar. Pero no te olvides de que las amigas son como las plantas: no se riegan solas.

Por eso, cuando a penas un año después de llegar a Alemania la tuve que dejar por una oportunidad laboral en Luxemburgo, me resistí durante unos días a abandonarla. Porque ese año fui tan feliz que se me encogía el corazón solo de pensar en marcharme. Pero pronto entendí que ese era el precio a pagar por haberme arriesgado a ser feliz y haberlo conseguido. Así que me marché, con unas palabras (un poema) retumbando en mi corazón:

Muere lentamente quien no viaja,
quien no lee, quien no oye música,
quien no halla gracia en sí mismo.
Muere lentamente
quien destruye su amor propio,
quien no se deja ayudar.
Muere lentamente
quien se transforma en esclavo del hábito,
repitiendo todos los días los mismos trayectos,
quien no cambia de marca,
no arriesga vestir un color nuevo y
no le habla a quien no conoce.
Muere lentamente
quien evita una pasión,
quien no arriesga lo cierto
por lo incierto para ir detrás de un sueño.
Muere lentamente
quien pasa los días quejándose
de su mala suerte o de la lluvia incesante.
Evitemos la muerte en suaves cuotas,
recordando siempre que estar vivo
exige un esfuerzo mucho mayor
que el simple hecho de respirar.

THE END!

Este artículo es parte de la serie ESAD. Además, si te gusta este contenido, recuerda que puedes apoyar el blog uniéndote al Club ACTech, donde encontrarás material premium que no publico en ninguna otra parte.

Sobre la autora de este post

Soy Rocío, una abogada reconvertida en programadora. Soy una apasionada de aprender cosas nuevas y ferviente defensora de que la única manera de ser feliz es alcanzando un equilibrio entre lo que te encanta hacer y lo que te saque de pobre. Mi historia completa, aquí. 

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