5. Desmitificando los trabajos modernos cualificados

En verano de 2015 dejé el país que me dio la oportunidad que España no me ofreció, para mudarme a Luxemburgo, el segundo país que me aportó algo mucho más enriquecedor que quedarme en mi pueblo.

Recuerdo aquellos días con una enorme ilusión y un resoplido, porque hizo un calor insoportable. Las casas de Centro-Europa no están preparadas para soportar treinta-y-muchos grados, así que no había consuelo posible. Me pasé días sin dormir por el bochorno, y recuerdo sentirme pobre, porque no tenía medios económicos para resolver ese problema.

Pero aquello sólo duró unos días, porque en pleno Julio recuerdo tener que ir a comprarme una “chaqueta de verano”. Ahí fue cuando entendí el concepto de verano luxemburgués: calor sofocante y sin consuelo durante varios días al año, de manera intermitente: una semana en Mayo, otra en Junio, otra quizás en Julio… y el resto de días, lluvia, viento y sensación de verano robado.

Pero la verdad es que ese verano de 2015, mi primer año en Luxemburgo, el clima me importaba poco. Y por tanto, me afectaba poco. Estaba demasiado ocupada pasándomelo bien. Era mi segundo trabajo de prácticas, pagadas, sí, pero aún no había catado lo que era un trabajo de verdad, con sus consecuentes horarios y responsabilidades.

Las prácticas las hice en el Banco Europeo de Inversiones, una institución europea que hacía sentir a mi madre tan orgullosa que lo iba diciendo por ahí sin que la gente le preguntara. Yo también me sentía flasheada ante tanta parafernalia institucional y tanta banderita ondeante, y también ligeramente acomplejada al compararme con el resto de mis compañeros de prácticas (los trainees).

Pero siempre he sido realista en esto de las comparaciones, y teniendo presente que las comparaciones son odiosas, si vas a compararte, al menos asegúrate de hacerlo en igualdad de condiciones.

Y si no puedes comparar dos situaciones o personas en igualdad de condiciones, no las compares. Por ejemplo, de mi grupo de trainees (unos 30), 25 hablaban 3 idiomas perfectamente, mientras yo tenía un español con acento eldense y un inglés con mucho margen de mejora en el ámbito laboral.

Y no es porque a lo largo de mi vida no hubiese querido estudiar un tercer idioma. Sencillamente, no era algo habitual en el entorno donde crecí. En mi entorno, quien estudiaba y sabía inglés ya se daba por hecho que iba a destacar y tener mil veces más posibilidades que los demás.

Yo destacaba entre los trainees, pero por burra. No solamente hablaba “sólo” dos idiomas, sino que además tenía 26 años y “todavía” estaba haciendo prácticas, cuando la mayoría de los trainees tenían varios años menos y esas prácticas eran parte de sus estudios universitarios.

Ahí también entendí que nuestro sistema universitario público español no es competente a la hora de preparar a los estudiantes para el mercado laboral, si lo comparamos con el resto de países europeos. Porque en el Banco Europeo de Inversiones conocí las dos versiones del asunto: trainees como yo, con más o menos los mismos títulos, pero varios años más jóvenes y uno o dos idiomas más sabios, y empleados de mi edad, cuando yo creía que a mi edad lo único a lo que se podía aspirar era a un contrato de prácticas.

Si no hubiera salido de España nunca me habría dado cuenta de esas cosas. De nuevo, compararme en este caso no iba a servirme de nada, así que acepté que yo había hecho lo que se suponía que tenía que hacer: estudiar una carrera, estudiar un máster, terminarlo todo, buscar trabajo de prácticas, y como último paso, buscar trabajo. Y ahora me encontraba justo en el momento de hacer mis prácticas, así que en eso me centré.

Pero a finales de 2015 se terminó mi contrato de prácticas y me quedé en paro, en uno de los países más caros de Europa. Así que desde la, esta vez sí, cómoda habitación que me alquilé en Luxemburgo, me puse manos a la obra a buscar trabajo allí. Mis días se dividían en:

  • buscar trabajo
  • ir a clases de francés
  • estudiar algo que me interesara. A raíz de mis prácticas en el BEI, ese “algo” fue la programación, abriendo una puerta que nunca más cerré
  • pasármelo demasiado bien con mis 6(!) compañeros de casa y con los amigos que hice ese año

En 2016 me compré mi primer curso sobre programación

En primavera de 2016, 5 meses después de haberme quedado en paro, encontré mi primer trabajo de “verdad”. Un puesto de legal officer en otra institución europea. En ese trabajo se me exigía mucho y yo me enteraba de poco.

Era una sustitución, así que seguí buscando trabajo. En realidad, había estado ocupada buscando trabajo desde que acabé el máster, en 2014, porque mis prácticas siempre tenían una duración determinada. Y por eso en aquel momento aún estaba en un segundo plano el sentimiento de desgana y aburrimiento que sentía hacia aquel trabajo, porque mi prioridad era otra: conseguir un trabajo estable.


Mi chasco vital

Y eso es lo que conseguí, por fin, en primavera de 2017: Mi primer trabajo estable. Mi primer contrato indefinido como legal officer. Ahora me parece absurdo lo que pensaba en aquella época: “aaaah por fin se acaban mis problemas, mi incertidumbre. Ya nunca más tendré que preocuparme de buscar trabajo”.

Por Dios, “ingenua” es una palabra muy suave para definirme en aquella época. Porque la mismísima semana que empecé a trabajar en aquella empresa, con el “problema” de encontrar un trabajo estable borrado del mapa, afloró con la fuerza de un huracán esa vorágine de pensamientos incómodos que llevaba años conmigo:

  • ¿esta es la vida que me espera?
  • ¿para esto tanto esfuerzo?
  • ¿ESTO es lo que debo hacer durante (¡mínimo!) 8 horas al día durante 4 décadas?

Y ahí es cuando los peces de mi oficina me ayudaron a tomar una decisión. Obviamente, no me despedí al día siguiente. Aquella decisión la tomé en mi más estricto fuero interno, y fue más una promesa tipo “A Dios pongo por testigo…que dejaré el mundo legal corporativo!”.

Con la única persona con la que compartí aquella epifanía fue con mi novio, que estaba en un momento vital parecido al mío. De hecho, me llevaba cierta ventaja, porque él ya llevaba varios años en su trabajo corporativo totalmente desmotivado, dejándose llevar por la poderosa inercia de la sociedad.


Big4: historias para no dormir

Dentro de lo que cabe, en aquel trabajo me trataban bien. O quizás yo soy el tipo de persona que no se deja abusar, y por eso me seguía quedando ojiplática ante las historias que iba recabando de algunos de mis amigos. Me dejaron tan impactada que las recopilé, y aquí las plasmo:

Olivier: 5 años en E&Y, en Auditoría. Se pasó años trabajando de sol a sol, con días en los que se acostaba a las 2 am y se levantaba a las 5 am. Le toca trabajar muchos fines de semana. Ahora es manager, a sus 28 años. Según su novia, el sacrificio le merece la pena. Dudo que su cuerpo piense lo mismo, porque a sus 28 años, aparenta 40.

Carlos: Dice que dormir más de 6h es perder el tiempo. Lleva 1 año en Deloitte y dice que ese ritmo de trabajo no lo podrá aguantar mucho más tiempo, “sólo” hasta que sea senior. 

Este es el edificio de KPMG de Luxemburgo. Lo veía cada día y me recordaba a un panal de abejas trabajadoras que no conocen el descanso ni conciben otro tipo de vida. Cada vez que lo miraba, me entraba ansiedad y me juraba a mí misma que yo nunca sería una más de ellas.

Trabaja fines de semana y me contó que, aunque todo el mundo hace horas extra, nadie pide que se las paguen, porque “todo el mundo sabe” que, si haces eso, te las pagan, y al poco tiempo tu manager da una mala referencia sobre ti y te despiden.

Al decirle que yo después de comer soy menos productiva que por la mañana, me contestó: “claro, por eso necesitas hacer horas extra después”. Claro.

Francesca: Trabajaba 12h al día y se iba al baño a llorar cuando la ansiedad la sobrepasaba. Un día la encontraron a varios km de su casa, desorientada. No sabía qué hacía allí, en un parking en el medio de la nada. La llevaron al médico y le diagnosticaron “burnout”. Esa fue la primera vez que escuché ese término.

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Todas estas historias de gente que conocía me dejaban estupefacta y a la par me hacían sentirme muy diferente de los demás, y también un poco sola. Por eso cuando llegaba a casa, lo hablaba con mi novio y hacíamos un verdadero brainstorming de ideas para cambiar de estilo de vida y para no acabar como los protagonistas de las tres historias de arriba.

Pero llega un momento en el que, si quieres avanzar, tienes que dejar la teoría y pasar a la práctica. Y eso es exactamente lo que hicimos. Y si quedas por aquí, te contaré cómo.

"En todas partes me encuentro con estudiantes que se preguntan qué harán en el futuro y que no saben por dónde empezar. Encuentro a padres preocupados que intentan orientarlos, aunque a menudo lo que hacen es alejarlos de sus verdaderas aptitudes porque dan por sentado que para alcanzar el éxito sus hijos tienen que seguir caminos convencionales" - El elemento, Ken Robinson

THE END!

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Sobre la autora de este post

Soy Rocío, una abogada reconvertida en programadora. Soy una apasionada de aprender cosas nuevas y ferviente defensora de que la única manera de ser feliz es alcanzando un equilibrio entre lo que te encanta hacer y lo que te saque de pobre. Mi historia completa, aquí. 

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