1. La pecera de mi oficina

Era una mañana de Abril de 2017. Acababa de empezar un nuevo trabajo y, bajo todo el estrés que eso conlleva se escondía una pequeña vocecilla interior que jamás callaba.

Y allí estaba yo, aquella primera semana en mi nuevo trabajo, fijándome en el ritmo y en el tipo de trabajo que hacían mis compañeros, intentando con todas mis fuerzas entender qué era lo que les motivaba a hacer ese trabajo todos los días de su vida.

Dinero. No podía haber otro motivo. Dinero ganado a cambio de un esfuerzo sin parangón en sus (y en mi) vida(s). Dinero ganado a cambio de un preciado tiempo que nunca volvía.

Debía de ser el dinero porque, aunque es muy respetable amar la contabilidad y gestión de fondos de inversión, principal actividad de aquella empresa para la que trabajaba, no era precisamente ese el sentimiento mayoritario que se respiraba en el ambiente.

Al contrario, cada día observaba comportamientos y escuchaba comentarios y quejas de mis compañeros. Tenía un jefe muy divertido a la par que gruñón que, los días que estaba de mal humor (la mayoría), se pasaba las horas diciendo “No quiero estar aquí”, o “Quiero dormir”.

Pero los días que estaba de buen humor nos deleitaba con una estrofa de la canción “Je ne veux pas travailler cantando de manera locamente rítmica y con su acento francés nativo. Tanto me marcó esa canción que hasta le dediqué un TikTok.

Aquello y las siestas que se echaba esporádica pero indiscretamente delante de su ordenador me hacían llevarme constantemente la palma de mi mano a mi frente y darme un sonoro golpecito.

También tenía compañeros varios que cada día soltaban, en diversos tonos entre la frustración y el asco, frases como “Hoy casi me duermo delante del ordenador”, “¡POR FIN VIERNES!”, “Lunes…mátame”, o, mi favorita, cuando le dije a una compañera que había hecho magia con una fórmula de contabilidad: “Créeme Rocío, si pudiera hacer magia no estaría en este trabajo”.

Por otro lado, contaba con una jefa encantadora que me salvó del desquicie en muchas ocasiones, aunque ella no lo supiera. Su entusiasmo por que yo aprendiera me hacía llevadero un trabajo que, con otro tipo de jefe, habría sido desesperante.

Es cierto que también tenía buenos compañeros con los que quedaba para comer cada día, momento en el que nos desfogábamos criticando a otros compañeros y soltando carcajadas. En mis previas experiencias laborales también había tenido compañeros agradables y el entorno era más o menos llevadero.

A pesar de todo eso, esa mañana de Abril de 2017, mi vocecilla interior responsable de las buenas decisiones, que no las fáciles, gritó “¡BASTA!”.

En mi oficina teníamos una pecera minúscula donde mal vivían 3 peces. Desconozco si era la crueldad que me suponía verlos atrapados en un espacio tan pequeño o el hecho de que yo me sintiera como uno de esos peces, pero a menudo los veía (o me parecía verles) darse golpes contra la pecera.

El día en el que, además de verlos, me pareció escucharlos gritar, “huye, tú que puedes…¡huye insensata!”, fue el día en el que decidí dejar mi trabajo.

THE END!

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Sobre la autora de este post

Soy Rocío, una abogada reconvertida en programadora. Soy una apasionada de aprender cosas nuevas y ferviente defensora de que la única manera de ser feliz es alcanzando un equilibrio entre lo que te encanta hacer y lo que te saque de pobre. Mi historia completa, aquí. 

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