árbol

Reto Computer Geek 365 – Día 0

 
Es martes por la mañana y otra monótona y desagradable semana laboral continúa. Voy en el bus de camino al trabajo y hace un frío que pela, la nieve desapareció hace apenas dos días. Mientras contemplo cómo más de la mitad del autobús se baja en la misma parada, la parada de una Big4, no puedo evitar imaginármelos como si fueran borregos. La verdad que yo no soy muy diferente a ellos. No trabajo en una Big4, pero mi empresa desarrolla su actividad dentro del mundo de las finanzas. Quiero creer que sí soy diferente a ellos, precisamente porque, (y valga la redundancia) me siento diferente, como si no encajara en este mundo frenético-financiero.

 

La decisión

Por eso, hace unos meses tomé una de las decisiones más importantes de mi vida: empezar a estudiar algo que, por primera vez en mi vida, me encante. La mayoría de gente estudia una carrera porque “es lo que hay que hacer”, ya que tú eres la razón por la que tus padres han trabajado y se han sacrificado tanto: para darte un buen futuro.  El problema es que ese “buen futuro” en la mayoría de los casos empieza por escoger una carrera por los motivos equivocados.

 

Arrastrando el pasado

Ya tengo más de un cuarto de siglo a mis espaldas y, con esta pequeña experiencia y perspectiva que el tiempo me ha dado, puedo decir que, como muchísimos jóvenes, escogí estudiar mi carrera por motivos equivocados. Y es que el motivo no puede sonar más rancio en mis oídos ahora: “porque estudiar Derecho te abre muchas puertas”. Esa afirmación podrá ser cierta hasta cierto punto, pero varios años han pasado desde que terminé mi carrera y todavía hoy intento encontrar una razón por la cual estudié Derecho, a parte del porqué tan sobado que acabo de mencionar.
 
Otro ridículo motivo que añadir a mi lista de absurdos motivos por los que decidí estudiar Derecho, es “porque se me daba bien”. Es decir, no es que es la carrera fuera un camino de rosas para mí. Ni mucho menos, pues me costó considerable esfuerzo sacármela. Sin embargo, recuerdo perfectamente que, cuando conseguía sacar la motivación para estudiar, sacaba unas notas fantásticas. Y, de nuevo, si echo la vista atrás…eso sólo pasó en 2 o 3 asignaturas de toda la carrera.
 
 
Lo que en realidad me gustaba era llegar a casa y sacar a la nerd que llevo dentro y ponerme a descargar programas de edición de música, de fotografía, a ver comparativas de móviles, de ordenadores… En definitiva, me ponía a trastear con la tecnología en general. Y no tenía fin. Me encantaba y me sigue encantando.
De hecho, antes de decidirme a estudiar Derecho, evalué la posibilidad de estudiar ingeniería informática, y mi chasco no pudo ser mayor. Evidentemente mis pesquisas no fueron muy precisas, pues en aquella época simplemente llegué a la conclusión de que jamás podría estudiar informática porque las asignaturas troncales de esa carrera eran física y matemáticas, y lo cierto es que esos temas nunca han sido mi fuerte. No indagué lo suficiente y acabé pagando el pato y dedicando varios años de vida a estudiar Derecho y su correspondiente máster, para “abrirme todavía más puertas”.

 

De la universidad a la realidad laboral

Hasta aquí ningún drama, una vida de cualquier persona de clase media que eligió mal su carrera pero que al menos disfrutó por el camino. El bofetón llegó cuando di el salto al mundo laboral. Tuve que emigrar al norte de Europa por motivos obvios que describen una realidad española que todos conocemos.  Me lié la manta a la cabeza y, de nuevo, tampoco fue ningún drama: disfruté del camino y di la bienvenida a todas las nuevas experiencias que me tocaron vivir, y que me siguen tocando. Pero, al empezar a trabajar, una pequeña y familiar vocecilla interior empezó a preguntarme:
 
Vocecilla: ¿Qué haces aquí?
Yo: ¿Aquí, en un país del norte de Europa? 
Vocecilla: No. Aquí…en este trabajo. 
Y así todos los días. Mis respuestas eran diversas:
– Porque está relacionado con lo que estudié.
– Porque tengo que hacer experiencia.
– Porque después llegará un trabajo mejor.
– ¡Porque tengo que comer!
 
Y las cosas no mejoraron las otras veces que he cambiado de trabajo desde entonces. Sólo hubo un pequeño intervalo de mi vida en el que, por pura chiripa, acabé metida en un proyecto de programación web. Ni siquiera trabajé con un lenguaje de programación propiamente dicho, pero la cuestión es que tuve que construir una plataforma para mi equipo en un código tipo HTML para que todos tuvieran acceso a los materiales que alguien del equipo publicaba. Me encantaba ese proyecto. Lo tenía que compaginar con la revisión diaria de contratos y cada vez que me ponía a leer un contrato me entraban ganas de salir corriendo, solo superadas por la aplastante somnolencia que me invadía.
 
Que no se me malinterprete, el Derecho puede ser muy interesante. Simplemente yo nunca he experimentado esa sensación, y ya es hora de que acepte, y así lo hago, de que el Derecho, y mucho menos el Derecho financiero, no es para mí.
 
Volviendo al tema del proyecto de la “programación” web, es un hecho que algo que había estado latente se despertó dentro de mí. Sentía un pequeño gusanillo cada vez que trabajaba en el proyecto. Simplemente me lo pasaba genial viendo como los textos que me pasaban mi compañeros cobraban vida en código. Pero ese trabajo, como la mayoría de trabajos reservados a la gente joven, era temporal, y llegó a su fin. Desde entonces, nunca he dejado de pensar en lo que se siente cuando uno hace un trabajo que disfruta, cosa que, hasta la fecha, era algo totalmente desconocido para mí, y, ¡sorpresa! no tenía absolutamente nada que ver con lo que había estudiado.

 

Consecuencias remediables

Todo este rollo lo cuento porque he tomado la decisión de empezar un proyecto. Después de mucho pensar, he decidido que nunca es tarde para dedicarme a algo que me haga levantarme de la cama cada mañana con ganas de empezar el día, y no queriendo tirarme por la ventana al descubrir que aún es martes. Porque elegir mal una carrera no debería condicionar a nadie para el resto de su vida. Porque equivocarse es de sabios y rectificar es de…no, sin “de” ni nada. Rectificar es necesario.
 
Así que en noviembre del año pasado me lancé a la piscina y, compaginándolo con mi trabajo de 8 a 5, me puse a estudiar programación web. Desde entonces he aprendido las bases de HTML5 y CSS3 y ahora estoy empezando con Javascript, un verdadero lenguaje de programación al parecer, porque los otros son meramente lenguajes de etiquetado.
 
Compaginar mi trabajo con mis estudios está siendo, cuanto menos, complicado. A veces no llego a casa hasta las 7 de la tarde y la mayoría de días llego agotada mentalmente. Pero tengo mi objetivo claro y quiero utilizar este medio como herramienta para medir mis progresos. ¡VAMOS!
 
♦ Objetivo principal: dejar un trabajo absorbente con el que no me siento realizada y conseguir un trabajo de programadora web. 
♦ Objetivo secundario: dejar atrás los países de cielo gris. 
♦ Plazo: 365 días

 

“El mejor momento para plantar un árbol fue hace 20 años. El segundo mejor momento es ahora” – Proverbio chino

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